Afirmaba un periodista malagueño que a Ronda sólo le faltaba el mar, que de haberlo tenido qué mar tan azul sería. Pero si a Ronda le faltaba ese mar del que se lamentaba el escritor malagueño, Juan Goytisolo lo suplió al avistar a Ronda enriscada en la sierra, como una prolongación natural del paisaje, y a la luz del sol, que le pareció la ciudad más hermosa del mundo.
Quizás Salas y Guirior echase de menos su Mediterráneo, tan próximo que casi tocaba su casa del paseo marítimo malagueño, como Juan Ramón Jiménez su mar Atlántico, tan cercano a su Moguer natal que casi lo tocaba alargando su mano, pero fue tal su embeleso al llegar a Ronda, aquella ansia de ciudad típica andaluza, de mejor pueblo, aquella seguridad para después, aquel tiempo detenido, que lo encontró aquí. Esta es, aquí está Ronda, Serranía de Ronda. Así era entonces cuando yo oía de ella a mi padre y yo no la conocía……, escribiría el Premio Nobel
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