Muchas mujeres han dado los pasos necesarios para liberarse del yugo de la violencia de género a que estaban sometidas; mientras tanto, otras siguen sufriendo en silencio esa lacra que malogra su dignidad y su salud. A éstas va dedicado Vértigo, y mi deseo de que despierte en ellas la esperanza de una nueva vida en libertad e igualdad, de que se pongan manos a la obra.
Vértigo
Te despiertas a las seis y ya te duele ser mujer.
Él aún resopla y ronca en tu cama. Te levantas sin ruidos ni suspiros. Mientras buscas refugio en la penumbra, sientes hueso a hueso todo tu esqueleto, la pesadumbre maciza de un día más. Se te mueve un colmillo, también un par de dientes que no supieron esquivar el último puñetazo. Te tragas el sollozo que quiere delatarte; se te abre de nuevo ese corte permanente que llevas en el labio, ese que nunca acaba de cerrarse, con el dolor agudo que ya conoces bien. Ahogas el grito, maldices, otra vez más, haber nacido mujer.