La noche acababa de terminar, la madrugada todo lo reveló, los campos se mostraban arrasados. El velo del ciego impidió la visión de que iba a ocurrir lo que tenía que ocurrir. La noche fue larga y desordenada, la luz del amanecer relució firme sobre infinidad de quemados árboles que el ciego nunca vio, a pesar de que siempre estuvieron ahí. En ellos jamás volvería a florecer el fruto que tan abundantemente proporcionaron durante largo tiempo y tan alegremente. Nadie esperaba encontrarse con ese desolador paraje en aquel frío y desnudo amanecer.